Con la excepción del día de mi nacimiento, durante el cual no estuvo presente ( solamente porque de haber sucedido, nos hubiera desconcertado un poco a ella, a mí y yo creo que mucho más a quien me estaba pariendo) la de Cati ha sido la presencia que me ha acompañado de la forma más apegada a la que rezan las frases hechas y cursis que describen las relaciones humanas que valen la pena a través de la vida, como aquellas que sobreviven a las malas, a las muy malas, a las llevaderas y a las buenas.
La primera vez que la vi a fue durante un fin de semana en Tepoztlán.
De sonrisa abierta y modales delicados, lo que me impresionó más de ella fue su inmensa calidez y su sentido común.
A partir de ese día, me acerqué a ella lo más que me permitía en ese momento, mi trabajo de sobrecargo (con todo y mis muy transoceánicos vuelos, intercalados con los polleros de la semana -idas y vueltas a la base México con pinchemil escalas-) y sus actividades.
Cuando se me ocurrió irme a vivir a Pisa, -Bad, bad, bad idea- Cati llegó seis meses después que yo a vivir a Roma.
A partir de su llegada, comenzaron para mi las risas, las anécdotas divertidas, y los aprendizajes importantes.
No me recuerdo otra vez en mi vida, tratando de conciliar el sueño y sin lograrlo por los efectos de una broma tan graciosa, que me generaba ataques de risa, que iban y venían sin poderlos contener; y que obligaron a Fernando, su marido, a tocar a la puerta de mi cuarto para decirme:
-Angelito, por lo menos cuéntanos el chiste, porque no nos dejas dormir....
El helado más rico que he saboreado en mi vida, (de “ frutti di bosco” ) lo comí en Italia, en Piazza Spagna junto a Fernando y a Cati, la misma tarde en que, por la noche, estuve a punto de morirme de lo que –creo yo- muchas personas quisieran morir....de risa.
Por supuesto que los sitios eran lindos y los sabores exquisitos (las trufas, -bueno sólo los recortes porque las trufas enteritas costaban una verdadera fortuna- las pastas, los vinos, los cafés, las mermeladas) pero a mí lo que me resultaba un verdadero hallazgo era la compañía, que es lo que vuelve a los sabores inigualables y a los sitios inolvidables.
Yo regresé a México, antes que ellos y epistolarmente trataba de hacerme presente y de igual forma recibía respuesta.
Llamaba de cuando en cuando y a veces a las peores horas -por aquello de las diferencias de horario- pero detrás del teléfono encontraba siempre voces gratas y amigables. (El Internet y sus posibilidades de comunicación inmediata se harían del dominio público varios años después).
Cuando comenzaron muchas de las más malas, de mis varias malas, y que por cierto en ese momento y por muchos años más, me parecieron requete, requete requete recontra malas, Cati se apareció aquí en México, en frente de mí, para regalarme cuando más falta me hacía lo más necesitaba: esperanza.
Pasaron uno o dos años más y cuando las recontramalas se tornaron solo malas, marqué al número de su casa en México para preguntar a quien me contestara, como encontrar a Cati y mi sorpresa fue mayúscula cuando “alguien” Respondió:
-Muy fácil, habla Cati.
Años después, ella se separaría de Fernando y se iría a Canadá, un año antes de que yo me fuera a Estados Unidos.
Afortunadamente para entonces el Internet nos permitía sentirnos mucho más cerca la una de la otra.
A mi me divertían horrores sus mails platicándome que estaba como integrantita del cuerpecito diplomatiquito de mexiquito en canadacita y que cuando no había quien la hiciera de cónsul pus ella se aventaba la chamba, porque lo tristemente usual en esos casos es algo así como:
Pertenezco al cuerpo diplomático que integra la Embajada de México en Canadá y cuando no estoy asesorando al señor embajador, que sin mis brillantes consejos, nunca sabe que hacer, soy cónsul.
Durante las primeras semanas del 2003 le llamé por teléfono desde USA, sin saber que se preparaba para viajar a los Estados Unidos a despedirse de su hermano, que estaba en fase terminal. Cuando colgamos, me quedé con la impresión de que le dije un chorro de babosadas, que es lo que uno dice cuando no sabe que decir, pero de alguna manera logré hacerle sentir lo que yo quería: estoy contigo.
Esa tarde salí al súper y me encontré un pegote muy bonito que tenía un gatito (Cati ama a los gatitos) y lo compré con la idea de regalárselo.
Por supuesto, que en cuanto volví a México y pude, busqué a Cati que ya trabajaba, en donde continúa hoy día “La Cineteca Nacional” y la vi para darle el gatito que con tanto cariño le compré y que yo misma puse en mi bolsa de mano el día que abandoné los Estados Unidos para que no se me fuera a perder.
El trabajo que la he visto desarrollar en la Cineteca Nacional ha sido extraordinario.
El concepto de sus maravillosas charlas de café (unir una cinta y un ponente con un mismo tema) era extraordinario y de las únicas 2 a las que pude asistir (porque entre semana y a las 5 PM, estaba del nabo) la que me fascinó fue: “El diablo en el diván”.
Sus charlas ganaron prestigio y público a base de esfuerzo y calidad y fueron eliminadas hace muy poco de la cartelera de la Cineteca, según Cati, por un cambio de administración, según yo, por pura envidia.
La asociación de mujeres en el cine de la cual es fundadora y tesorera, sigue cobrando fuerza, después de enfrentarse a las feministas más recalcitrantes y sus muy sexistas discursos llenos de rabia de: “ yo no necesito ayuda de nadie y además no me da mi gana reconocer que por más talento que yo tenga, no tengo oportunidades y no entiendo porque” A base de paciencia, perseverancia y la intención sincera de apoyar el talento de directoras, guionistas fotógrafas, escenógrafas, y demás chavas inmersas en la aventura del cine, que tienen que combinar su creatividad y talento, con su roll histórico de mamás, esposas, hermanas e hijas sin derecho a una vida profesional exitosa , si quieren irse al cielo cuando se mueran, porque a las machorras, determinantes, independientes que no sólo son exitosas sino hasta famosas -y que hasta lesbianas han de ser- ni el diablo las quiere.
Desde el día en que nos presentaron Cati ha sido conmigo, siempre amorosa, siempre serena, siempre cálida, y siempre autora del punto de vista más ecuánime y valioso sobre lo que le cuente.
La última vez que la vi, hace apenas unos cuantos meses, cuando nos reunimos con Lety otra de sus amigas a quien yo ya conocía, para comer e irnos todas al cine a ver “The Zodiac” en una tarde de domingo, me sorprendió como nunca antes.
Nos encontramos en las aceras opuestas de una esquina de Mazarik y la Cati que vi caminar frente a mí y que me invitaba con señas a cruzar la calle, tenía un aire muy distinto al que yo estaba acostumbrada a ver. En cada uno de sus pasos había seguridad, su lenguaje corporal era completamente nuevo y gritaba: yo soy y aquí estoy.
La Cati con la que conviví y me divertí mucho esa tarde, era una mujer, sin temores infundados por el mañana, ni añoranzas inútiles por el pasado, con alegría por estar viva, contenta con las cosas que ha hecho, con planes y mucho más que bonita.
Quise contarles un poco de Cati, porque su mamá, desde hace mucho, es en mi Santa favorita, ya que su hija, Catherine Alice Bloch Gerschel, en mi vida ha sido un verdadero milagro.
Nota: Cati se fue de mi vida, pero antes de hacerlo, hizo una última llamada con la que salvó mi vida…y yo… que aún no he perdido la esperanza de algún día volverla a ver..poco a poco veo la vida que Cati salvó comenzar a florecer.
Musicografìa