Mi amor por la literatura comenzó antes de cumplir los 6 añitos, en una tarde que puedo recordar con una precisión casi ridícula, cuando un regalo tocó a la puerta de mi casa, permitiéndome con su aparición en mi sala y en mi vida, iniciar un viaje mágico y extraordinario que no termina todavía.
Esa tarde, el representante de una casa editorial, nos dejó, a mi mamá y a mí– a vistas- los 12 tomos de la Enciclopedia Salvat y una colección de cuentos para niños que era, más que especial y bonita, completamente soberbia.
Las pastas de los libros eran negras, duras y muy gruesas, brillantes y lustrosas; y al frente, bajo los títulos escritos con letras doradas y majestuosas, sobresalían unos cromos, que al moverlos, permitían que las imágenes se movieran también, resaltando su tercera dimensión y sus colores espectaculares.
De todos los cuentos que el vendedor nos mostró, yo abracé de inmediato, porque me hipnotizó desde el primer instante, “El Soldadito de Plomo” de Hans Christian Andersen. Y era tal mi entusiasmo por el libro, que mi mamá me dijo, que ese ya era mío, porque ella me lo regalaba.
Yo me fui corriendo con mi regalo a mi cuarto y me senté en el suelo, para analizarlo con detenimiento. Las ilustraciones eran muy vistosas e importantes y me dejaban saber, que mi libro, contenía una historia por contar…pero mi libro, que también tenía muchas letras, no me decía mucho más, porque a los 6 años, yo leía requeté mal. No obstante, yo insistía e iba y venía por las hojas, leyendo palabras muy cortitas e imaginando las demás.
La Enciclopedia y los cuentos se quedaron en mi casa y durante ese, mi primer año escolar , yo habría de poner mi mejor esfuerzo para aprender realmente a leer, con la sola intención de disfrutar de mi regalo, que permanecía oculto y resguardado debajito de mi cama.
Cuando por fin lo leí y me enteré de la amorosísima historia entre el pequeño soldadito de plomo al que le faltaba una pierna y la frágil y etérea bailarina de papel, la pata que siempre tengo en la luna, se despegaría por primera vez del suelo, para no bajar de ahí jamás.
A “El soldadito de Plomo” Le siguieron muchos otros libros más, producto de mis constantes golpes maestros, dirigidos todos, al librero de mi casa, de donde me robaba lo que me parecía interesante, para ir luego a esconderlo siempre al mismo lugar y devorarlo cuando me sentía a salvo, protegida y sobre todo cuando nadie me veía; pero ese, mi primer libro y boleto hacia el mundo sin regreso de mi imaginación desbordada, sería siempre para mí, el mejor libro de todos.
Escribí mi primer cuento a los 12, como parte de un trabajo escolar en equipo (yo escribí la historia y ella dibujó las ilustraciones) con mi mejor, mejor, mejor amiga de infancia, la muy querida e inolvidable Mari Carmen Relloso.
Nuestra obra, contenía más de 20 cuartillas y giraba en torno a un ángel, su llegada al cielo y sus diálogos con Dios sobre la creación del mundo.
El relato, invadido todo por maravillosas y coloridas palabras, contenía también música de Piero, cuya obra –letra y música- acompañaban a una fábula que era mucho más que buena y que para sorpresa nuestra, lejos de darnos la mejor de las calificaciones -que era a lo que ambas aspirábamos- nos ganó una reprimenda por parte de nuestra tiernamente admirada maestra de Español, que no creyó que yo fuera capaz de escribir algo así, ni a nosotras creadoras de un cuento tan formidable y, o lo habíamos copiado de algún libro –que ella no lograba determinar- o fue escrito para nosotras por un adulto, lo suficientemente tonto para escribir una pieza tan larga y tan bien hilada, sólo para hacernos quedar mal.
De muy poco valieron nuestros argumentos para defender nuestro trabajo -que fueron muchos- porque ese mes, recibimos la más baja calificación aprobatoria, como muestra de la buena intención de Miss Gali, junto con la instrucción de no volver a tocar el tema.
El tema no fue vuelto a tocar, por lo menos por mí, y yo jamás volví a escribir.
Y no lo hubiera hecho más, de no ser, porque, por alguna, misteriosa pero bendita razón, logré atravesar una barrera, que en momentos me pareció de dimensiones por completo estratosféricas y llegué viva hasta el 2009, cuando, calva, producto de mis muchos males, convaleciente, recién egresada del hospital de Nutrición Salvador Subirán y habiendo perdido irremediablemente una de mis muchas vidas de gato; en una noche iluminada, me animé a sentarme a escribir, para compartir con otros una historia que siete años después, se convertiría en “Del Metro Balderas a Nunca Jamás”, libro que es, ante todo y sobre todo, un testimonio de fe, que contiene en sus crónicas y cuentos un canto feliz y agradecido para alabar a Dios.
Hoy, cuando todos los gobiernos, habidos y por haber, demuestran uno a uno, no funcionar; las economías más estables y poderosas del orbe se vienen a pique; aparecen mesías de pacotilla, -de a compre dos y llévese tres- todos los días; a la ciencia se le acaban los argumentos para explicar los eventos más simples de la naturaleza; y estamos, segundo a segundo, contraponiendo los vaticinios del otrora infalible Nostradamus, aún vivos; hoy, para encontrarnos, hay que volver nuestra mirada hacia el principio.
Y el mío, aún para sorpresa mía -que no lo planee en absoluto y había olvidado por completo todo lo relativo al incidente ocurrido con mi primer cuento- es el mismo desde donde me lancé de niña: ¡Aleluya! que es para mí, el mejor de los principios; alegría con la que espero contagiar a quien lea “Del metro Balderas a Nunca Jamás” -que verá la luz en breve- de amor por nuestra tierra, por la vida y sobre todo por el Jefe Chido One, que todo lo hizo y sigue haciendo duper bien.
Aleluya. Alabanza al Señor. Canto de alegría y demostración de júbilo.
Jefe Chido One. Dios, el único, único Jefe.
Duper. Súper a la N potencia.
Musicografía
Da clic sobre la liga para desplegar el vídeo.