Cuando la ciencia nos rebasa, nos encuentra la
magia.
Admito que soy menos
hábil que la media utilizando los dispositivos cibernéticos que nos rodean hoy
en día, y que además, muy a menudo,
cuando me hablan de tecnología, mi entendimiento se cierra en alguna variante del típico “no oigo, no oigo, soy de palo” y yo escucho que, al Arzobispo
de Constantinopla, lo quieren desarzobispoconstantinopolizar.
Mi escasa habilidad en
este campo, no me ha impedido nunca utilizar todos los magníficos juguetes que la modernidad ha puesto
en mis manos, debido a su increíble amigabilidad, pero no deja de maravillarme hasta
el éxtasis, que hoy, en este mismo instante y momento, alguien en Venezuela,
Colombia, Estados Unidos, España, Paraguay, Alemania, Perú, Rusia, Chile o
Indonesia pueda leer estas líneas que
escribo.
Comprobarlo
boquiabierta a través de los contadores de visitas de este blog, o gracias a
algunos comentarios dejados en mis publicaciones, me hace sentir elegida y completamente
orgullosa de formar parte de esta apabullante
era tecnológica.
Ni en mis sueños más
caros supuse que lo escrito por mí llegaría a ser leído en otros lugares del
mundo y mucho menos comentado cálidamente por otros, cuando la emoción de
haberlo escrito, me embarga por completo todavía.
Eso más que rebasarme,
me abraza mágicamente, y me recuerda a una estrella que conocí tiempo atrás, y
cuya presencia en mi vida tardé en asimilar: años y años, y años y años; porque
la luz, cuando es mucha…ciega.
En los mismos años en los que viví en Pisa, Italia, Lindsay Kemp,
recorría Europa con un espectáculo llamado “Alice” inspirado en la obra
de Lewis Carrol, en el que un grupo de mimos encabezados por él, intentaban
recrear los sueños y las pesadillas de la pequeña Alicia.
Todos los asistentes a su performance, sabíamos que
Lindsay, era el discípulo más destacado de Marcel Marceau y todos queríamos injustamente,
buscar en él a Bip (el entrañable personaje de Marceau) con todo y su
sombrerito con flor, y al no encontrarlo, nos sentíamos frustrados y estafados.
Esa noche, al terminar el show, nuestro grupo decidió
cenar en una trattoria cercana al teatro, en la que esperábamos mesa, impacientes
y muertos de hambre; cuando llegó Lindsay, acompañado de amigos para
ocupar una mesa previamente reservada.
Por alguna razón que nunca podré saber, Lindsay nos
ofreció compartir con él los lugares que quedaban desocupados en su animada mesa
y nosotros aceptamos encantados.
En un momento de la cena uno de mis acompañantes se
decidió a reconocer:
-Lamento decir esto pero no entendí tu espectáculo.
Lindsay lo miró a él y al resto de nosotros con ojos
sabios y divertidos y pacientemente nos dijo:
-El arte, es como la vida, no tienes que entenderlo,
sino creerlo.
Me tomó numerosas metidas de pata, subidas y bajadas,
e idas y venidas comprender esas palabras…pero cuando por fin lo hice, me senté
a escribir “Del Metro Balderas a Nunca Jamás”.
Qué la Luz de alguna estrella verdadera los cubra
con su cauda poderosa, porque cuando la desarzobispoconstantinopolicen, muy
buenos desarzobispoconstantinopolizadores serán.
Musicografía
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