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lunes, 26 de agosto de 2013

El Arzobispo de Constantinopla

Cuando la ciencia nos rebasa, nos encuentra la magia.

Admito que soy menos hábil que la media utilizando los dispositivos cibernéticos que nos rodean hoy en día, y que además, muy  a menudo, cuando me hablan de tecnología, mi entendimiento se cierra en alguna variante del típico “no oigo, no oigo, soy de palo” y yo escucho que, al Arzobispo de Constantinopla, lo quieren desarzobispoconstantinopolizar.

Mi escasa habilidad en este campo, no me ha impedido nunca utilizar  todos los magníficos juguetes que la modernidad ha puesto en mis manos, debido a su increíble amigabilidad, pero no deja de maravillarme hasta el éxtasis, que hoy, en este mismo instante y momento, alguien en Venezuela, Colombia, Estados Unidos, España, Paraguay, Alemania, Perú, Rusia, Chile o Indonesia pueda leer  estas líneas que escribo.

Comprobarlo boquiabierta a través de los contadores de visitas de este blog, o gracias a algunos comentarios dejados en mis publicaciones, me hace sentir elegida y completamente orgullosa  de formar parte de esta apabullante era tecnológica.

Ni en mis sueños más caros supuse que lo escrito por mí llegaría a ser leído en otros lugares del mundo y mucho menos comentado cálidamente por otros, cuando la emoción de haberlo escrito, me embarga por completo todavía.

Eso más que rebasarme, me abraza mágicamente, y me recuerda a una estrella que conocí tiempo atrás, y cuya presencia en mi vida tardé en asimilar: años y años, y años y años; porque la luz, cuando es mucha…ciega.

En los mismos años en los que viví en Pisa, Italia,  Lindsay Kemp,  recorría Europa con un espectáculo llamado “Alice” inspirado en la obra de Lewis Carrol, en el que un grupo de mimos encabezados por él, intentaban recrear los sueños y las pesadillas de la pequeña Alicia.

Todos los asistentes a su performance, sabíamos que Lindsay, era el discípulo más destacado de Marcel Marceau y todos queríamos injustamente, buscar en él a Bip (el entrañable personaje de Marceau) con todo y su sombrerito con flor, y al no encontrarlo, nos sentíamos frustrados y estafados.

Esa noche, al terminar el show, nuestro grupo decidió cenar en una trattoria cercana al teatro, en la que esperábamos mesa, impacientes y  muertos de hambre; cuando llegó Lindsay, acompañado de amigos para ocupar una mesa previamente reservada.

Por alguna razón que nunca podré saber, Lindsay nos ofreció compartir con él los lugares que quedaban desocupados en su animada mesa y nosotros aceptamos encantados.

En un momento de la cena uno de mis acompañantes se decidió a reconocer:

-Lamento decir esto pero no entendí tu espectáculo.

Lindsay lo miró a él y al resto de nosotros con ojos sabios y divertidos y pacientemente nos dijo:

-El arte, es como la vida, no tienes que entenderlo, sino creerlo.

Me tomó numerosas metidas de pata, subidas y bajadas,  e idas y venidas comprender esas palabras…pero cuando por fin lo hice, me senté a escribir “Del Metro Balderas a Nunca Jamás”.


Qué la Luz de alguna estrella verdadera los cubra con su cauda poderosa, porque cuando la desarzobispoconstantinopolicen, muy buenos desarzobispoconstantinopolizadores serán.

Musicografía
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