En los mismos años en los que
se me ocurrió ir a bailar mi manzanilla a Italia y establecer mi cuartel
general en Pisa, los italianos –todos- andaban en el ácido y en el patatús
totales, debido a la inmigración desmesurada hacia su territorio de gitanos;
argumentando que los gitanitos llegaban a su país a pelearles posiciones de
trabajo (con su mano de obra indocumentada y muy mal pagada) y que a la larga,
su presencia indeseable, podría poner en jaque la economía de Italia entera
-¡Ay ajá!-
Una mañana de invierno, salí de mi depa con la intención de llevar mi
ropa sucia a la tintorería, y -obvio- en lugar de salir con ella a cuestas, me
las ingenié para hacer con mi cargamento un muy lindo y pequeño itacate que me
llevé entre las manos.
Iba vistiendo una falda
negra hasta el tobillo, una blusita del mismo color y zapatitos de piso. Mi
cabello largo, suelto y negro, pues también me acompañó, porque pues, ni modo
de dejarlo, ¿verdad?
Estaba ya por llegar a la
tintorería, cuando me crucé con una italianísima familia (papá, mamá e hijos -2-
) que al verme, con todo y la facha de zíngara que me cargaba, decidieron
bajarse de la acera, para no caminar por el mismo suelo que pisaba yo.
En el rostro de papá, había
dibujados: agravio e indignación ante mi (en su parecer) muy andaluza presencia y
la molestia y el enfado del furibundo clan no cesó, hasta que yo osé atravesar
con toda mi humanidad y con toda la parsimonia que ameritaba el caso (¡¿Pos
estos?¡) por el sitio en donde ellos esperaban impacientes, para poder subirse
de nuevo a la acera y seguir su camino.
Yo ¿La verdad? Sentí
horrible, pero hice de tripas corazón, y crucé con dignidad frente a ellos, con
todo y mis pasitos cumbancheros de pantera rosa (doy dos pasos pa lante, un
pasito pa tras, luego muevo la cola y luego vuelvo a avanzar) y llegué, media
cuadra después, hasta la tintorería, para intercambiar mi itacate por hartos
gritos (los italianos le gritan a todo el mundo) y una nota de remisión.
Al volver a casa, con mi
notita en la mano y un trastoque doloroso entre mi occipucio y mi pundonor, no
pude evitar pensar que todos damos por descontado, que el suelo que pisamos va
a respetamos, que el espacio por donde nos movemos va a arroparnos con alegría
y que va a tratarnos dignamente; y cómo
todo esto si nos sucede diariamente en la tierra que nos ve nacer, ni lo
notamos, ni lo vemos ni lo agradecemos.
Así que hoy, mañana y
siempre: gracias México por permitirme nacer entre tus fronteras, por enaltecer
cada paso que doy sobre tu tierra bendita, por darme identidad y raza. Por
forjar mi carácter y por permitirme percibir al mundo a través de tus ojos mágicamente realistas. Por enseñarme que
la diferencia entre “Rojo” y “Colorado” es nula y que siempre vale más “una
Roja” que cien descoloridas.
Entonces, gústele a quien le
guste, cuádrele a quien le cuadre, puédale a quien le pueda y duélale a quien le
duela ¡Viva México Cabrones!
Glosario.
Bailar la manzanilla. Ir de
paseo.
Patatús. Soponcio, ataque.
Itacate. Conjunto de
provisiones que se llevan para un viaje.
Zíngara. Gitana.
Hacer de tripas corazón.
Armarse de valor.
Hartos. Mucho más que muchos
y mucho menos que un chingo.
Un chingo. Harto más que
muchos.
Occipucio. Parte inferior y
posterior del cráneo por donde este se une a las vértebras, por demás delicada
y sensible a donde un cuete nunca debe llegar.
Pundonor. Orgullo.
Cabrones. Compatriotas.
Musicografía.
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