Hoy había decidido levantarme con el pie izquierdo.
Sin importar que el clima amaneció templado y el sol
asomó por mi ventana, yo iba a boicotearme mi fin de semana a toda costa y
comencé, desde que abrí el ojo, a martirizar mi corazón con temores idiotas
sobre mi futuro incierto (como si alguien pudiera dominar el suyo de forma alguna).
Me tomé un café para aminorar mi amargura y después
de rumiar nutridamente -cual la vaca más babosa- futuras penas imaginarias,
decidí darme un descanso antes de seguir atormentándome, y me fui a desayunar a
un restaurancito que descubrí hace poco y que determiné como: rico, limpio,
agradable y pagable.
Al llegar me encontré con que yo era la única
comensal y elegí para sentarme, la mesa con mejor vista y junto a la ventana,
para sentir el sol sobre mí como silente compañero sanador.
Entonces la vi…fue a dejarme el menú con prisa y con
mucha gracia.
Menudita…de alrededor de 7 años y con carita de luna.
Su rostro deforme, me dejó saber, al entregarme la
carta, que algo no andaba bien con ella y que la niña tomaba alguna variante de
cortisona para aliviar algún mal. (Yo también tomé un fármaco semejante por
años y me acostumbré a ver esa misma carita hinchada y adolorida en el espejo).
Le pregunté su nombre con toda la dulzura de la que
fui capaz… pero no quiso responderme y fue a sentarse a una mesa cercana a la
mía.
Al observarla, la vi mirar con atención, un libro
con un acertijo numérico en él, de esos que deben seguirse con una pluma o un
lápiz y que al final de una pequeña carrera de números sucesivos, nos regalan
como premio, algún muñequito simpático.
Canturreaba y miraba. Luego se levantaba y corría a verse a sí misma
bailar en un refrigerador de sodas, siguiendo el ritmo marcado por su propio reflejo y después, volvía a sentarse
y miraba de nuevo el libro con el acertijo plasmado en él.
Tenía consigo una cajita con coloridos dibujos de
princesitas impresos, que supongo, contenía colores, y mientras sostenía la
caja en una manita, con la otra, sostenía el libro con el acertijo sin resolver,
esperándola impaciente.
Entonces me sentí avergonzada por mis absurdos
temores y traté de calzar por un momento los zapatos de esa niña.
Impedida para hacer lo que cualquier niña a su edad
puede y sin embargo completamente feliz al bailar con su imagen reflejada en un
refrigerador.
Poco antes de irme del restaurante escuché su
nombre: Victoria, y me pareció el justo y el necesario para alguien que celebra,
valientemente y parada frente a un futuro, que al parecer no mejorará, la inmensa
alegría de vivir.
Por supuesto… salí de ahí con la frente en alto, el
corazón renovado y dispuesta a permitirme un día completamente feliz.
Musicografía
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