Dicen que de noche los
gatos son pardos todos. Nada más falso. Yo lo sé de buena fuente, porque tengo
una tía que vive en medio de la obscuridad total, y no precisamente por
capricho, o por el desarrollo paulatino de hábitos draculenses, sino porque se
quedó ciega hace algo más de 6 años, gracias a un gen de porquería que persigue
a los de mi sangre desde generaciones
atrás.
Antes de perder la vista por completo, Tía Celia fue débil
visual por una década más y durante dos
largos lustros, logró distinguir luces, colores y sombras y…. nada más.
La falta de vista nunca ha
detenido a Celia, que valiente y aventada, se las ha ingeniado para hacer lo
que le viene en gana, apenas viendo primero y luego a tientas.
Orgullosamente para quienes
la queremos, la Tía Chelita, no solamente se hace cargo de su propia personita,
sino que además, administra exitosamente su negocio –una papelería- desde hace
50 años; a través de muchos de los cuales, ciega, pero no sorda ni muda, ha
sabido llevar a su pequeño reino hacia
la modernidad, porque actualmente, además de vender lápices, gomas y monografías de héroes y heroínas de
papel couché, funge como sucursal
autorizada de Banamex en su Colonia y es el distribuidor de tiempo aire más
importante de su zona.
Vaga y andariega, toma
taxis o peseros en la calle, ayudada simplemente por un cartón con un letrerito,
cuyos bordes le dejan saber, cuál lado del letrero debe sostener para llamar la
atención del vehículo que pretenda utilizar.
Hace tiempo, la
televisión francesa vino a México a
filmar un documental sobre su vida y cuando se transmitió al aire en Francia, mi
tía recibió una llamada telefónica, emocionada y a deshoras, de dos
reporteras mexicanas que andaban por
allá, y que no cabían del gusto ni de la felicidad, cuando la vieron: ir,
venir, subir, bajar y bailar y bailar -su gran pasión- segura, plena,
bullanguera y animosa.
Empoderada por sus
logros y pata de perro de marca, un buen día, mi tía decidió aceptar una invitación para visitar en
España, a una asociación civil diseñada para invidentes, y completamente
ilusionada ante la nueva experiencia, Chela se fue a Europa.
Muy poco le duró el
gustó. Apenas lo suficiente para tocar tierra, cambiar la fecha de regreso de
su boleto de avión y volver a México de inmediato, porque Madrid, tenía muy poco
que ofrecerle. Pues ni la imponente belleza de su fastuosa arquitectura, ni la
famosa Puerta del Sol, ni la Pinacoteca del Prado, podían subyugarla en forma
alguna, porque ella no puede ver; y a lo largo de sus tantos años de ciega,
Celia siempre ha dependido, de las manos generosas de cientos de desconocidos que
la ayudan, la acompañan y la guían, cuando se aventura a alejarse del quicio de
su propia puerta con pasitos de venado.
Lejos por primera vez, de
esa red impresionante de apoyo incondicional, Celia se supo sola, en medio de
un mundo indolente, en el que alguien como ella, no tenía cabida y mucho menos,
razón de ser ninguna. Por eso volvió enseguida sobre sus guapachosos pasos; para seguir yendo y viniendo, cumbanchera,
bailadora y cobijada por los suyos, que la tratan dulcemente, más que como a
una muy querida pariente, como si fuera toda ella, un rico algodón de azúcar.
Los suyos, los mismos que,
increíblemente, no comprenden lo extraordinario de su propia naturaleza, porque
carecen de un punto de referencia que les sirva como espejo para poderse admirar.
La vista pues, nace
siempre del amor, aunque los ciegos del corazón opinen mezquinamente lo
contrario.
“Existen
Universos más sofisticados, más seductores y mucho mejor estructurados que
este, pero ningún otro, con la capacidad inapreciable de permitir a aquel que
llega, abrazar esta tierra como si fuera la propia.
Gracias
a esta facultad, sobrevivientes de guerras, caminantes de paso y aventureros
hicieron y aún hacen de esta bandera la suya y de estas fronteras el frente de
sus batallas.
Yo
me fui, para alejarme de donde la capacidad de autocrítica se exacerbó hasta
convertirse en el estigma nacional de perdedor incorporado, que yo no quise
comprar.
Y volví…cansada, sintiéndome extranjera en el lugar donde nací, con el alma de paria y las suelas desgastadas; y encontré, entre mi pueblo y en sus calles, la entereza y la fuerza necesarias para volverlo a intentar, llevando esta vez en la zaga: la baba de nopal que corre feliz por mis venas, una idea sideral y luminosa para seguir y un corazón “hecho y recargado en Tundera que la quiere alcanzar.”¹ -da clic para abrir el PDF-"Del Metro Balderas a Nunca Jamás"
Glosario.
Tundera.
México ¡Sí señor!
Bibliografía.
1. María Ángeles, “Del Metro Balderas a
Nunca Jamás” 2013, pág 6.
Musicografía
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