Su amor por los libros la encontró antes de cumplir
los 7, en una tarde que aún logra recordar con una precisión casi ridícula.
Un
regalo tocó a la puerta de su casa, permitiéndole con su aparición en su sala
y en su vida, iniciar un viaje mágico y luminoso que no termina todavía.
Un vendedor de puerta en puerta, les dejó esa
tarde a su mamá y a ella– a vistas- los 12 tomos de la Enciclopedia
Salvat y una colección de cuentos para niños que era, más que especial y bonita,
completamente soberbia.
Las pastas de los libros eran negras, duras y muy
gruesas, brillantes y lustrosas; y al frente, bajo los títulos escritos con
letras doradas y majestuosas, sobresalían unos cromos, que al moverlos,
permitían que las imágenes se movieran también, resaltando así su tercera
dimensión y sus colores espectaculares.
De todos los cuentos que el vendedor les mostró, ella
abrazó de inmediato: “El Soldadito de Plomo” de Hans Christian Andersen. Y era
tal su entusiasmo por el libro, que su mamá le dijo, que ese ya era suyo,
porque ella se lo regalaba.
Entonces, se fue corriendo con su regalo a su cuarto y
se sentó en el suelo, para analizarlo con detenimiento. Las ilustraciones eran
vistosas e importantes y le dejaban saber que su libro, contenía una historia
por contar…pero su libro, que tenía también muchas letras, no le decía mucho
más, porque a los 6 años ella leía requeté mal. No obstante, insistía e
iba y venía por las hojas, leyendo palabras cortitas e imaginando extasiada todas las
demás.
La Encliclopedia y los cuentos se quedaron en su
casa y durante ese, su primer año escolar, ella habría de poner el mejor de sus
esfuerzos para aprender realmente a leer, con la sola intención de disfrutar de
su regalo, que permanecía oculto de malévolos depredadores y granujas despistados, debajito de su cama.
Cuando por fin lo leyó y se enteró de la amorosísima
historia entre el pequeño soldadito de plomo al le faltaba una pierna y la
frágil y éterea bailarina de papel; la pata que siempre tiene en la luna, se despegaría
por primera vez del suelo, para no bajar de jamás.
A “El soldadito de Plomo” Le siguieron muchos otros
libros más, producto de sus constantes golpes maestros, dirigidos todos,
al librero de su casa, en los que se robaba lo que le parecía
interesante, para ir luego a esconderlo siempre al mismo lugar y devorarlo cuando se sentía a salvo,
protegida y sobre todo cuando nadie la veía, y devolverlo después, sigilosa a
su sitio en la repisa, sin dejar rastro ninguno de sus crímenes perfectos. Pero
ese, su primer libro y boleto hacia el mundo sin regreso de su imaginación
desbordada sería para ella, el mejor libro
de todos.
Por desgracia, su Soldadito de Plomo, no estuvo mucho tiempo a su lado, porque en la
siguiente mudanza, habría de desaparecer misteriosamente de su vida en forma
definitiva; y ella… que aún no lo ha olvidado…, cuando pasea por distintas librerías,
para ver que nuevos viajes extraordinarios sería bueno comenzar, busca entre
los estantes, su libro adorado y aburre a los vendedores -sin la menor de
las suertes- explicándoles como era su todavía perdido tesoro.
Y, ¿quién sabe? a lo mejor a base de tanto insistir, un
día, en una tarde cualquiera, muy similar a
aquella primera, su soldadito de plomo y ella, se vuelven al fin a
encontrar.
Por ese amor
inconmensurable hacía un libro en particular y hacia la lectura en general,
cuando supo que la ausencia de comprensión lectora, era en su tierra natal más que un
problema grave, una epidemia nacional, decidió que tenía que hacer algo, que no
podía privar a los niños y a las niñas que apenas iban creciendo, del placer prodigioso
de leer, entender lo que se lee y soñar con ello despiertos.
Para atacar
el problema, puso manos a la obra y diseñó todo un plan, con tal cuidado y
astucia que no le podía fallar y se fue hasta donde la necesitaban, a enseñar a
los niños y a las niñas a comprender lo que leían.
Les quitó el
estigma de vagos y perezosos y de dispersos revoltosos y les devolvió a todos y
a todas, con un libro entre las manos, la pierna que les faltaba para seguir
adelante.
Lográndolo
todos y todas, ahora andan por ahí contagiando a otros y a otras de la alegría
de leer y haciéndole honor a su memorable batallón de lectores.
Nota.
Y para que
un día lo lean, ella escribió: “Del Metro Balderas a Nunca Jamás” soñando con
que alguien…alguna vez… se enamore del suyo, como ella se enamoró de aquel,
libro mágico y maravilloso, que todavía sigue buscando.
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Adiviné quién era la protagonista y me identifiqué con ella de inmediato, pero cuánta reflexión en unas palabras tan simples! Ojalá pudieramos transmitir a los que están a nuestro lado y a los que vienen por detrás lo maravilloso que es entrar al mundo de las letras. A mi me pasó como a tí, mis guías turísticos fueron Los Cuentos de Grimm y el Platero y Yo de Juan Ramón Jiménez a ellos les debo tantos momentos de delicia.Gracias Angie (Ismael)
ResponderBorrarGracias Isma!!! Que así sea. Un abrazo cariñoso. Angie.
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