-¿Algo que declarar? (en varios idiomas para apantallar) pensando continuamente durante mi tiempo libre:
-Y a todo esto…What am I doing here?
En una muy pesada tarde en la que, además de cansada y con los pies adoloridos por estar tanto tiempo parada, estaba furiosa, por haberme descubierto una várice a la altura del muslo derecho, que no estaba ahí el día anterior, y que de seguro era producto de mis muchas horas de pie, haciendo lo que no me gustaba y revisando lo que a mí ¡¿qué me importaba?!; mi compañero de semáforo, Dionisius el Mago, comenzó a contarme, para distraerme de mi varicosa y catastrófica desgracia, que en sus ratos libres estudiaba para hechicero junto con un nutrido grupo de chicas, que lo aceptaron entre sus filas como único miembro varón por piedad y por simpatía (El buen Dionisius tenía un payaso dormido en medio de su corazón).
Mi amigo me dijo que sus compañeras y él, se reunían semanalmente para practicar todo tipo de brujerías para principiantes, en las que él se esmeraba sin fortuna, porque al pobre no le salía ninguna - según él- porque Merlin era un invento mafufo de alguna mente torcida y para ser bruja, había que nacer mujer. (¡Ah que Mago tan sexista!)
Después de escuchar un rato a Dionisius y sus historias, me sentía muy confortada –aunque aún no me resignaba al ataque intempestivo de la várice del mal- y me moría de la risa al escuchar que las brujas de la secta en la que estudiaba mi cuate, meditaban muy serias y concentradas, mientras él, en plena meditación, abría un ojito para ver que sucedía, y se cercioraba de que nadie levitaba y les rompía a todas la concentración en un tris, porque al muy tarado, pues le ganaba la risa.
Después de asegurarse de que mis carcajadas me permitirían sobrevivir a ese funesto y varicoso día, Dionisius me dejó sola por un momento en mi semáforo y yo me acompañé entonces de“100 años de soledad” que me contaba a cachitos, una historia extraordinaria.
A las 4 de la tarde en uno de los tantos vuelos que recibimos Dionisius y yo durante aquel inolvidable día, llegó hasta nosotros una pequeña comitiva en la que distinguimos a Gabriel García Márquez, ¡sí!, al mismísimo Gabo.
Yo me emocioné casi hasta la locura y le pedí su declaración al Gabo, y le supliqué que no tocara el semáforo, argumentándole que para este país era un honor indescriptible recibirle y le mostré mi libro.
Él se sonrió amablemente conmigo y me preguntó asombrado:
-Pero, ¿qué hace este libro aquí?
-¡Usted es leído y admirado en el mundo entero Maestro! –respondí casi en shock.
-Estoy tan emocionada que no se si reír o llorar- dije después.
Gabo me miró con ojos traviesos y me sugirió coqueto:
-¡Por favor no llore!
...Y no lloré.
Gabo me autografió mi novela – libro que se constituye desde entonces en mi tesoro más preciado- y refiriéndose a mi nombre mientras dedicaba y firmaba mi libro comentó:
-¡Qué nombre más bonito!-
Luego alguien de la comitiva me comparó -¡A mí! - con María Sierva de todos los Ángeles, la protagonista de la novela “Del amor y otros Demonios” también de García Márquez (que yo ya había leído) y mi emoción ante esas palabras fue tal, que de no haber estado junto a mí Dionisius el Mago, quien me agarró de una pata justo a tiempo; yo hubiera ascendido hacia el techo del recinto fiscal, al mejor estilo de Remedios la Bella y aún seguiría allí…sin bajar, flotando y sin podérmela creer.
Una compañera de otro semáforo que vio que yo dejé pasar al Gabo por mis enaguas (Yes, I did it! So what?) y que Dionisius muy divertido, me hizo segunda, se enojó muchísimo con nosotros y nos dijo que entonces, ella iba a dejar pasar al país a cuanto hijo de vecina se le pegara la gana, que era lo que estábamos haciendo los dos; y tres segundos antes de mandarla con gran comedimiento derechito a… su semáforo, Dionisius le aclaró:
-Muy bien pero no olvides ir primero por un ejemplar del National Geografic para que te lo autografíen, ¿eh?
La comitiva se fue y Gabo se marchó con ella, y yo, que no podía más, corrí a un teléfono para llamar a mi casa y contarle a mi hermana Norma Celia lo que me había pasado, gritando y casi llorando en el teléfono que el Gran Gabo había estrechado mi mano y me había firmado mi libro. Mi hermana me escuchó con entusiasmo y lamentó mucho que yo no hubiera pedido un autógrafo para ella pero se alegró sinceramente por mí.
La várice –que aún conservo- es un recordatorio tatuado de esa tarde mágicamente realista.
-¡Gracias, gracias, gracias, Santa Várice, Patrona de las niñas repatriadas por aparecerte en mi muslito y por guiar al Gabo hasta mi semaforito!
En adelante, no volví a cuestionarme porqué la vida, la casualidad o El Jefe, me invitan a estar en un momento en determinado lugar.
Años después, leí en una entrevista que García Márquez lo buscaba TODO con “Cien Años de Soledad” y en su momento, me atreví a preguntarme que buscaba yo al escribir “Del Metro Balderas a Nunca Jamás.”
Con mi libro busco amar, yo nunca he querido nada más.
Glosario.
El Jefe. Dios.
Mis enaguas. Mis faldas, faltaría más.
Musicografía.
Da clic para desplegar el vídeo.
Fun carry on -traducida-
Excelente anécdota mi querida Angie. Ya te ví, ya estuve a un ladito del semaforo viendo pasar a Gobo y su comitiva. Y de verdad, qué suerte, qué honor haber visto en persona al Gran Gabo García Márquez!ISMAEL
ResponderBorrar¿Verdad que sí Isma? Gracias por la buena vibra y por leerme. Un abrazo.
BorrarComo me haces reír me encanta tu forma de expresarte....toda linda tu....y seguimos haciendo historia...saludos Angie....
ResponderBorrarGracias mi querida Elvis. Concuerdo. Hacemos historia. Un abrazo :)
Borrar