En 1950 las tortillerías se
alejaban mucho en su forma de los expendios que conocemos hoy en día, y en lugar
de las modernas máquinas tortilladoras que todos conocemos, en cada tortillería
había un inmenso comal, rodeado por un mínimo de tres señoras gordas, haciendo
afanosamente tortillas a mano; por lo que, completar un pedido de un kilo… pues
se llevaba su tiempo ( la desagradable aventura de ir a comprar un rico kilo de
tortillas calientitas, duraba un promedio de 2 horas, incluyendo: ida, espera
en la fila, surtido del pedido y vuelta a casa a comer–¡horror de horrores!-)
10 años después,en la
década de los 60`s a Don Fausto Celorio –iluminado mexicano inventor de la
máquina tortilladora moderna- se le ocurrió realizar las mejoras suficientes a
su invento como para permitir su propagación a lo largo y ancho de todo nuestro
muy tragón y tortillero país, permitiéndonos a todos disfrutar de nuestras
tortillas con la rapidez que ahora gozamos.
Muchos años después, yo
decidí alegremente irme a vivir a Pisa Italia y llevarme en mi maleta: 2 kilos
de harina de maíz, 4 frasquitos de mole Doña María, 2 cajitas de tablillas de
chocolate Abuelita, un pequeño comal, tres metros de una tela que simulaba ser un
zarape color rosa mexicano y una máquina tortilladora portátil.
Afortunadamente al entrar en
territorio italiano no tuve el menor contratiempo con la aduana que básicamente,
no me pelo y logré llegar hasta el pequeño departamento en donde viví con mi
muy mexicano, secreto y prohibido cargamento.
Para cuando di mi primera cena
en mi depa, había deshilado y cosido yo solita, un precioso y muy vistoso
mantel con mi guapísima tela rosita y esperaba impaciente a que mis invitados se
deleitaran con un arroz a la mexicana de rechupete y un rico mole poblano con
pollo.
Con mucho entusiasmo hice
tortillas a la antigüita –a mano- por primera vez en mi vida y sorprendida y
boquiabierta, vi a mis tortillitas inflarse
frente a mí una por una, en señal de que estaban listas servirse.
Durante la velada, vi
codearse y carcajearse con complicidad a una pareja muy simpática y les pedí
que nos compartieran a todos su broma privada. Así pude enterarme de que ambos
(ella y él) se distinguían por su paladar intrépido y aventurero; y que
yendo detrás de ese su gusto por probar
alimentos exóticos, habían llegado hasta una tienda de ultramarinos a comprar
una lata de tortillas, que desgraciadamente no les gustó ni siquiera un
poquito, porque imitando a la foto que aparecía en la etiqueta de la lata,
habían rellenado su tortilla con pedacitos de carne asada, pero nunca habían
reparado en que las tortillas tenían que calentarse antes de comerse, porque en
el instructivo de la lata no lo decía y a ninguno de los dos se les había
ocurrido -¡Guácala!-
Mi menú resultó un éxito
total y durante la velada enseñé a mis invitados a hacer unos taquitos de mole
con arroz que resultaron para todos una delicia.
Días después fui a la tal tienda
de ultramarinos y compré una lata de tortillas (made in USA) y efectivamente
comprobé que el fabricante, por ningún lado advertía al consumidor que era
necesario calentar el contenido antes de comérselo –aah que los gringos estos
tan buenos para los negocios y tan babas para la cocina-
Durante el resto de mi
estancia por allá, mis cenas adquirieron fama de divertidas y mis manjares de
dignos de un bon vivant, porque pues, para chocolate: el Abuelita; para mole:
Doña María y para taquizzas: los mías. Ajúa.
Glosario.
Taquizza. Suculenta taquiza
celebrada en la toscana italiana.
Tragón. Comelón.
Mole poblano. Especialidad
culinaria típicamente mexicana consistente en una salsa hecha a base de una
gran variedad de ingredientes, entre ellos chocolate.
No me peló. Me ignoró.
De rechupete. De agazajo.
Tienda de ultramarinos.
Establecimiento que vende comida fresca a granel y alimentos en lata.
Guácala. Asco. Fuchi. Biaj.
Iuuuj.
Taquitos. Exquisitas tortilla de maíz rellana de los más diversos ingredientes.
Babas. Bobos.
Bon vivant. Amigo de la
buena vida.
Musicografía