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lunes, 25 de noviembre de 2013

Cuando el amor se enferma

Hace ya un largo año de gato –o siete años humanos- conocí a Érica y a su pequeño hijito Luis Emilio. Ambos recurrieron a mi amiga Mini y a mí pidiéndonos auxilio para limpiar su casa.

Mi amiga y yo aceptamos de inmediato, ignorando por completo lo que se nos estaba pidiendo.

Llegamos a su departamento el sábado subsecuente, a petición de la interesada, ya muy entrada la noche, dispuestas a hacer talacha y armadas con guantes de plástico y algunas bolsas de basura.

Unos metros antes de llegar a la puerta señalada, el aire comenzó a viciarse y un olor fétido y penetrante comenzó a adueñarse del ambiente.

Al llegar frente al departamento situado en la planta baja, era fácil deducir que la peste provenía de adentro.

Cuando Luis Emilio nos abrió, a las dos se nos cayó la quijada al ver el basurero asqueroso que ellos llamaban casa.

Érica tenía ganada (debido al hedor y a las alimañas) la enemistad de sus vecinos y no quería llamar su atención al comenzar a limpiar, por eso nos había citado a esa hora.

Al pasar, nos contó que su mamá vivió con ella y con su hijo –entonces de 12 años- en ese departamento por más de 10 años, durante los cuales estuvo enferma mentalmente y a través de los que, no permitió que nadie tirara nada bajo ninguna circunstancia, porque al intentarlo se ponía muy violenta.

Cuando nosotras llegamos, hacía ya un año que su madre había fallecido, pero Érica seguía sin tirar nada y se encontraba rodada totalmente por alterones de basura que se levantaban a lo largo de medio metro por todas las áreas del departamento.

Había también un hoyo en medio de su sala de aproximadamente 5 metros de diámetro y 3 metros de fondo, porque el piso en ese punto había dado de sí ante la humedad y el abandono. Por si  fuera poco, Érica tampoco se animaba a deshacerse  de los gatos que su mamá había llevado con la intención de adoptarlos y que sumaban ya una veintena, que seguía reproduciéndose.

Manos a la obra, en un dos por tres, nuestras bolsas de basura se llenaron de  desperdicios que fueron a parar a un basurero vecino y no pudimos reutilizarlas porque escurrían suciedad; así que por esa noche dimos por terminada nuestra labor y prometimos volver el fin de semana siguiente.
 
Así lo hicimos y fuimos más equipadas; llevábamos palas, botas, tapabocas y guantes de asbesto.

Trabajamos hasta muy tarde en la madrugada sacando basura y conforme avanzábamos limpiando, la actitud de Érica hacia nosotras se iba tornando cada vez más a la defensiva, pues constantemente nos decía que no podía tirar esto o aquello porque era algo imprescindible que ella pretendía usar más adelante o algún objeto muy amado por su madre.

Regresamos por espacio de casi 2 meses hasta que Érica, un buen día, sin previo aviso o explicación alguna no nos permitió ir más.

A Mini y a mí nos causó una gran tristeza dejar nuestro trabajo a medias y a Luis Emilio durmiendo entre bichos y porquería pero no nos quedó otra, porque sin darse cuenta, al intentar proteger a su mamá y no permitir su internamiento en su momento, en una clínica psiquiátrica, Érica había desarrollado a lo largo de los años el mismo apego enfermizo que su mamá hacia la basura y aunque lo intentó con nuestra ayuda, no pudo seguir viendo cómo se iban poco a poco los custodiados haberes que su madre con tanto recelo resguardó a lo largo de una década.


Cuando el amor se tuerce y el ego y el apego hacen su aparición y tergiversan los sentimientos más puros y entrañables en angustia y sin razón y nos abraza por completo el caos...es el momento de pedir ayuda profesional.




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Pienso en ti - Shakira

lunes, 18 de noviembre de 2013

El tesoro de algunos

Hace un par de años, en un lunes como tantos, sonó mi celular. Era mi hermana  Norma pidiendo mi  ayuda  para rescatar 3 gatitos desvalidos, que ella vio como tiraban en una caja de zapatos  afuera de Centro Bancomer, al salir de una junta.

Después de refunfuñar por todo lo alto, fuerte y quedito–porque ese día tenía mi tiempo muy medido- acordé verme con mi hermana afuera del metro CU, así que, de muy mala gana, me levanté de mi asiento y me fui a recoger a los tales gatitos.

Cuando los tuve conmigo, me despedí de mi hermana y les compré a los misifusos algo de atole, sólo para descubrir, que los gatitos son chiquitos pero no estúpidos, porque ninguno de los 3 quiso comer nada de atole con el dedo; así que después de  saludarlos y concluir que la única mensa ahí,  era yo, los traje a casa conmigo.

Llegando, me los llevé al veterinario para que me dijeran la edad de los mirrimiaus y comprar mamilas, fórmula y demás componentes del  mi  Kit “felinos SOS”.

Supe entonces,  que tenían menos de una semana y estaban todavía ciegos –los gatitos nacen ciegos- you know?- y aunque el Doc me dijo muy claro que les veía muy pocas probabilidades de vivir, porque eran muy, muy chiquititos,  después de consensar vía celular con mi hermana, decidimos  intentarlo.

Se me dijo que era necesario estimular sus esfínteres para permitirles orinar, que es lo que hace la mamá gatita al bañarlos con su lengua rasposita, porque si no logran orinar… se mueren. Por lo que  después de darles de comer… les sobé la barriga con un algodón mojado y los cobijé.

Esa noche cuando mi hermana llegó, tuvo la gran idea de dárselos a mi perrita La Crazy -que está loca como cabra-  y mostraba mucho interés en conocerlos y olerlos;  y para sorpresa nuestra… La Crazy adoptó y amó de inmediato a todos los gatitos callejeros y comenzó a bañarlos y a estimular sus esfínteres de forma tan  eficaz con su lenguotota, que nos garantizó de inmediato que con sus lamidas amorosas, que los gatitos vivirían.

Una semana después yo me encontré también tirados (por razones que no sé cómo explicar porque aún no se me ocurren) a otros tres gatitos del color opuesto, -los primeros eran negros y estos blancos, que aún tenían su cordón umbilical colgando  y también los traje a casa.  

Si ya estábamos batallando y dando mamilas cada 3 horas a 3 mininos latosos, chillones y demandantes -que a mí ya me tenían harta- podríamos hacerlo con 6.
  
Todos vivieron, todos fueron perfectos, pizpiretos, juguetones y sanos…y todos fueron adoptados por personas que escucharon de voz del veterinario que los regaló en su tienda de mascotas,  la historia de vida de los gatitos y se comprometieron a integrarlos a sus familias, a sabiendas de que si cambiaban de opinión, podían devolverlos al veterinario que nos los haría llegar, hasta encontrarles otra casa.

Una vez adoptados, ninguno volvió.

A Crazy, mi perrita, la recogió otro de mis hermanos, de un bote de basura en donde la habían tirado  y yo la traje conmigo para adoptarla, porque es muy linda, muy inteligente y muy graciosa; y no deja de parecerme curioso, que fuera precisamente ella (mi hermana Norma tiene 2 perritos más y una gatita que viven con nosotras) esta perrita que algún idiota consideró basura, quien rescató con sus cuidados y gran lenguaza a 6 gatitos que sin ella, muy seguramente no lo hubieran podido lograr…

La basura de otros, sin duda es… el tesoro de algunos…

No existe un ejercicio más retro alimentador ni más valioso que el de dar y cuando se está cerca de otros que saben dar  (su tiempo, su interés, su afecto, su dinero, su esfuerzo) sin esperar nada a cambio, uno se sabe parte de un grupo muy especial…

Qué el Jefe nos permita entender…..que la naturaleza…es una cadena de vida…y la vida…una cadena de amor. 

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Donde viven los monstruos

lunes, 11 de noviembre de 2013

Voces de Guerra

                                  
Al comenzar la primera Guerra del Golfo, los rumores del estallamiento de la tercera guerra mundial empezaron también.

Italia decidió participar en el conflicto bélico armado cuando yo vivía en Pisa.

Las compras de pánico de víveres no perecederos, hicieron su aparición y más de una vez, atravesé la Avenida Corza, siempre alegre y transitada, completamente desierta.

En esos días, no tenía televisión y mi gran compañero era un radio color cereza a través del cual, sintonizaba una estación local para mantenerme informada.

Tarde con tarde escuchaba llorar a las abuelitas que sufrieron la Italia de Mussolini y cabizbaja, me solidarizaba con su dolor al recordar el pasado y con su terror al verse inmersas en una nueva guerra.

Lo cierto es que mi pequeño radio en lugar de consolarme, exacerbaba mis miedos, permitiéndome imaginar un ataque aéreo enemigo, capaz de localizar fácilmente mi casa, por medio de la ventana que yo tenía sobre mi cama y que usaba para contemplar la Luna en las noches claras.

La invasión nunca ocurrió, yo finalmente me sobrepuse a mis temores y la guerra dio fin algunos meses después… pero los relatos y los llantos de las abuelas sobrevivientes a la Italia Fascista de la Segunda Guerra Mundial todavía hielan mi sangre.

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La Vita è Bella
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lunes, 4 de noviembre de 2013

De lloronas

Muy temprano en su niñez, cuenta mi padre, comenzó a experimentar sensaciones que desquiciaban sus noches.

Continuamente al dormir, sin motivo alguno, su sueño era interrumpido por una súbita sensación de caída libre que lo despertaba aterrado para  encontrarse paralizado de pies a cabeza por espacio de interminables minutos, que veían su fin, al rezar un Padre Nuestro.

Este fenómeno lo acompañó hasta su adultez, cuando decidido a detener su tortura buscó una explicación médica para el evento.

Ningún doctor pudo darle una respuesta lógica sobre su padecimiento o encontró cura alguna para su suplicio nocturno.

Acostumbrado a vivir así, un buen día conoció a Josefina Cabrera, quien con sus dotes de vidente, al escuchar su predicamento, le puso nombre y apellido.

Fina le habló a mi papá de una tía suya que lo amaba desmesuradamente y que rompía en llanto de alegría y emoción cada vez que lo veía, la describió para él e incluso le mencionó un ademán muy característico que la tía hacía con sus manos continuamente.

Esta llorona lo extrañaba tanto y pensaba tanto en él, que cuando papá dormía, le  generaba ,sin saberlo, un infierno a su querido sobrino.

Mi padre nunca pudo confirmar la veracidad de las palabras de Josefina y jamás le reclamó a su pariente su amor desbordado, pero al morir la tía Luisa, el evento cesó y papá recuperó por fin la paz de sus noches y el descanso de su sueño.

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