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lunes, 4 de noviembre de 2013

De lloronas

Muy temprano en su niñez, cuenta mi padre, comenzó a experimentar sensaciones que desquiciaban sus noches.

Continuamente al dormir, sin motivo alguno, su sueño era interrumpido por una súbita sensación de caída libre que lo despertaba aterrado para  encontrarse paralizado de pies a cabeza por espacio de interminables minutos, que veían su fin, al rezar un Padre Nuestro.

Este fenómeno lo acompañó hasta su adultez, cuando decidido a detener su tortura buscó una explicación médica para el evento.

Ningún doctor pudo darle una respuesta lógica sobre su padecimiento o encontró cura alguna para su suplicio nocturno.

Acostumbrado a vivir así, un buen día conoció a Josefina Cabrera, quien con sus dotes de vidente, al escuchar su predicamento, le puso nombre y apellido.

Fina le habló a mi papá de una tía suya que lo amaba desmesuradamente y que rompía en llanto de alegría y emoción cada vez que lo veía, la describió para él e incluso le mencionó un ademán muy característico que la tía hacía con sus manos continuamente.

Esta llorona lo extrañaba tanto y pensaba tanto en él, que cuando papá dormía, le  generaba ,sin saberlo, un infierno a su querido sobrino.

Mi padre nunca pudo confirmar la veracidad de las palabras de Josefina y jamás le reclamó a su pariente su amor desbordado, pero al morir la tía Luisa, el evento cesó y papá recuperó por fin la paz de sus noches y el descanso de su sueño.

Musicografía
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