Muy temprano en su niñez, cuenta
mi padre, comenzó a experimentar sensaciones que desquiciaban sus noches.
Continuamente al dormir, sin
motivo alguno, su sueño era interrumpido por una súbita sensación de caída libre
que lo despertaba aterrado para
encontrarse paralizado de pies a cabeza por espacio de interminables
minutos, que veían su fin, al rezar un Padre Nuestro.
Este fenómeno lo acompañó hasta
su adultez, cuando decidido a detener su tortura buscó una explicación médica
para el evento.
Ningún doctor pudo darle una
respuesta lógica sobre su padecimiento o encontró cura alguna para su suplicio
nocturno.
Acostumbrado a vivir así, un buen
día conoció a Josefina Cabrera, quien con sus dotes de vidente, al escuchar su
predicamento, le puso nombre y apellido.
Fina le habló a mi papá de una
tía suya que lo amaba desmesuradamente y que rompía en llanto de alegría y
emoción cada vez que lo veía, la describió para él e incluso le mencionó un ademán muy característico que la tía hacía con sus manos continuamente.
Esta llorona lo extrañaba tanto y pensaba tanto en él, que
cuando papá dormía, le generaba ,sin
saberlo, un infierno a su querido sobrino.
Mi padre nunca pudo confirmar la veracidad de las palabras
de Josefina y jamás le reclamó a su pariente su amor desbordado, pero al morir la tía Luisa, el evento cesó y papá recuperó por fin
la paz de sus noches y el descanso de su sueño.
Musicografía
Da clic para desplegar el vídeo
No hay comentarios.:
Publicar un comentario