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lunes, 27 de enero de 2014

¿No qué no tronabas pistolita?

Hace 6 años tuve la necesidad de refrendar mi pasaporte 2 veces durante la misma muy espeluznante administración… y…. ¡Santos infortunios Batman! Me topé de lleno, más que con una pared, con una muralla interminable de estupidez suprema.

El primer refrendo resultó una muy desgastante experiencia, en la cual, un trámite simple, realizado ante las mismas autoridades que avalaban la autenticidad de la expedición de mi pasaporte previo, mismo que por cierto, entonces, aún estaba vigente y que yo llevaba conmigo… se antojaba una misión imposible; pues, para mi infortunio, la autoridad competente (una idiota con iniciativa) había dispuesto que incluso para realizar los trámites de refrendo, era necesario presentar todos los requisitos que se solicitan para realizar el trámite por primera vez, incluido un nuevo y muy flamante filtro –el 37- que se sumaba a los 36 filtros previos dispuestos por La Honorable Secretaría de Relaciones Exteriores para proteger y asegurar la autenticidad del documento solicitado: una credencial de elector.

Con la intención de realizar mi trámite, yo llevaba conmigo todos los documentos que se me solicitaron, menos la tal credencial de elector, por una muy sencilla razón: ni voto, ni he expedido nunca la tal credencial, y durante toda mi vida, he pagado para tener conmigo una identificación oficial que ratifique la autenticidad de mi procedencia y que no se contraponga con mis convicciones personales, mismas que encuentran en el proceso democrático de nuestro país, un circo deleznable.

Me tomó meses; horas y horas; vueltas; amenazas; sombrerazos e interminables discursos amenazantes emanados de las fauces de todos los funcionarios que tuve que enfrentar: un encargado, un asistonto del asistonto de un tonto, el asistonto del tal tonto, el tonto mismo, el jefe del tonto, la jefa del jefe del tonto y el equipo de asesores jurídicos de Tontilandia; argumentando siempre lo mismo:

El voto es un derecho que yo puedo ejercer o no, no una obligación que tú vas a exigirme que cumpla; tú expediste mi pasaporte anterior, que por cierto, está aún vigente; no puedes desconfiar de ti mismo, ¿o sí? Apégate a la ley y dame mi pasaporte.

2 meses después, finalmente me fue entregado mi flamante pasaporte nuevo, sin la presentación de ninguna credencial de elector. ¿Pos estos?

Durante el mismo régimen, mi pasaporte volvió a vencerse y pues, básicamente, fue vuelta a empezar.

Esta vez, desde el primer día en que comencé mi trámite se me tomó declaración, se me informó que se había girado una orden de aprehensión en mi contra y se me arraigó en el país para impedir mi huida; aunque, cabe mencionar, nunca me dijeron de que me acusaban y nadie me detuvo al salir de las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores; pero, desde ese momento y hasta que mi pasaporte se me entregó –casi 3 meses después-, un coche negro con unas placas que ostentaban el escudo nacional, se estacionó afuera de mi casa y permaneció ahí día y noche.

Yo, que por las malas puedo transformarme un auténtico dolor de muelas, decidida a no ceder, contraataqué con el viejo y conocido truco de:

-¡Sé lo que hiciste el verano pasado y además te voy a acusar con tu mamá!

Pues mi cuate Marco Moreno, que trabajaba entonces en la ONU y  se encontraba por esos días comisionado en África, a petición mía, le envió un correo electrónico a una amiga suya que a su vez trabajaba en La Honorable Secretaría de Relaciones Exteriores, preguntándole sencilla y brevemente, ¿cuál sería el problema para impedirle el refrendo de su pasaporte de una muy simple mortal como yo?

Nomás para que vean, que tan rápido y exponencialmente funciona la pirámide del chisme; enviado el correo,  la siguiente vez que fui, con mi misma cara de mensa a preguntar por lo mismo: mi pasaporte…se me informó de inmediato, que podía ir a recogerlo directamente en la oficina en donde lo había solicitado.

Efectivamente mi pasaporte ahí estaba y suspirando, y con mi pasaporte en la mano, yo me fui a mi casa bailando la manzanilla.

Para cuando llegué, el auto negro apostado en el mismo lugar –afuera de mi puerta- para vigilar a la arraigada (háganme ustedes el favrón cabor)…había desaparecido.

Un sexenio después…hace apenas unos días… fui a refrendar mi pasaporte, sin saber que me esperaba.

El trámite fue muy ágil, muy rápido y muy sencillo. De hecho fue prácticamente el mismo que yo ya me sabía de memoria y que había realizado durante toda mi vida adulta: tú presentas tu recibo de pago, tu pasaporte previo, tus fotografías y tu cara de paleta y la autoridad COM-PE-TEN-TE, los recibe, les da su visto bueno y se te expide un pasaporte nuevo, mismo que se te entrega 30 minutos después, junto con el pasaporte anterior perforado para inhabilitarlo.

Salí feliz y satisfecha de la oficina a la que acudí para hacer mi refrendo.  Aunque enterada de refilón y parando bien las orejas, de que la expedición de pasaportes nuevos, se ha convertido en un círculo cerrado alrededor de la presentación de una credencial de elector.

–Diría Mambrú que fue a la guerra: ¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Qué pena!-

Pero esa… es una batalla que yo no pienso a luchar, porque hasta a donde a mí compete yo gané mi guerra…así que lo demás, por el momento, pues es harina de otro costal.

-¿No que no tronabas pistolita?

Glosario
Favrón cabor. Mexicanísima expresión utilizada por aquellos y aquellitas a los que Chuchita los bolsea, cansada la tal Jesusa de que la bolseen a ella.

Cara de Paleta. Dulcísimo y bien definido rostro de la indiciada, de la interfecta o de la ingenua pelada… a según la administración.

¿No que no tronabas pistolita? Lagarto, lagarto, para donde tú te muevas… yo te ensarto. Faltaría más.


Musicografía.
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