Mary Wollstonecraft tuvo la muy poca o nula suerte de nacer en el siglo XVIII, mal siglo para nacer ese XVIII, sobre todo para una mujer como Mary, amante de las letras, feminista, talentosa y muy inteligente.
Mary escuchó entusiasmada los ecos de un mundo que gritaba: ¡Igualdad! ¡Libertad! ¡Fraternidad! Con fuerza y con pasión y no solo “fue capaz de establecerse como escritora profesional e independiente en –un- Londres”¹, que no tenía cabida para mujeres así, sino que además “fundó las bases del feminismo moderno”² y se “convirtió -en un momento de su vida-, en la mujer más famosa…. de su tiempo”³.
¿Por qué la falta de suerte? Porque Mary murió muy joven, y al hacerlo, su memoria fue atacada, deformada y reducida a pedazos de manera pública y sus escritos vituperados y menospreciados, hasta el punto en que hoy, nosotros, no sabemos nada de ella, salvo que, falleció durante el alumbramiento de una hija, que también fue llamada Mary… Mary W. Shelley.
Mary W. Shelley tuvo la muy poca o nula suerte de nacer también en el siglo XVIII, mal siglo para nacer ese XVIII, sobre todo para una mujer como Mary, amante de las letras, dueña de una sensibilidad fuera de serie y ….muy inteligente.
Mary saltó a la fama mundial, que aún la acompaña, como la autora de una novela gótica de una belleza suprema: Frankenstein.
¿Por qué la falta de suerte? Porque Mary en su novela -aunque nadie o casi nadie la entendió- describe de forma desgarradora, a su pobre madre y a una parte de ella misma, convertidas en este monstruo, temido, perseguido y rechazado por todos, por una sola razón: no ser como los demás son.
El pobre Frankie, medita y debate, consigo mismo, sobre los hombres y sus, miopes e hipócritas capacidades y decide no vivir más, comprendiendo que jamás será entendido, no será respetado y por supuesto, nunca será amado.
Yo, me llamo también María y… me supe Frankie siempre.
A los 9 años, dije que de grande, yo quería ser Sor Juana; provocándole un ataque de risa a mi madre -que fue quien preguntó- y miradas recelosas a los demás adultos presentes en el brevísimo, pero para mí, decisivo interrogatorio.
Odiaba en definitiva a todas Barbies de la humanidad, amaba con vehemencia a los peluches y a las muñecas de trapo, que a diferencia de las Barbies, lejanas y ajenas, me parecían amigos abrazables; y leía con gran interés, todo aquello que caía en mis manos: “La noche de Tlatelolco”, “Las mil y una noches”, “Demian”, “El Principito”, “Hamlet”, “El sueño de una noche de verano”, “Ricardo III”, “Romeo y Julieta” “La Biblia”…etc.
Escribí mi primer cuento a los 12, como parte de un trabajo escolar. Mi obra, contenía más de 20 cuartillas y giraba en torno a un ángel, su llegada al cielo, sus diálogos con Dios y su visión del mundo.
Mi historia, invadida toda, por maravillosas y coloridas palabras, era mucho más que buena; pero lejos de darme la mejor de las calificaciones -que era a lo que yo aspiraba- me ganó una reprimenda muy fuerte por parte de mi maestra, que no creyó que yo fuera capaz de escribir algo así y, o la había copiado de algún otro cuento –que ella no lograba determinar- o fue escrita para mi por un adulto, lo suficientemente tonto para escribir una pieza tan larga y tan bien hilada, solo para hacerme quedar mal.
De muy poco valieron mis argumentos para defender mi obra -que fueron muchos- porque ese mes, recibí la más baja calificación aprobatoria, como muestra de la buena intención por parte de mi maestra y la instrucción de no volver a tocar el tema.
El tema no fue vuelto a tocar por mí y yo jamás volví a escribir.
Y no lo hubiera hecho más, de no ser, porque, por alguna, misteriosa pero bendita razón, logré atravesar una barrera, que en momentos me pareció de dimensiones por completo estratosféricas y llegué viva hasta el siglo XXI
Gran Siglo para nacer, para ser y para florecer este XXI, en donde todos los gobiernos, habidos y por haber, demuestran uno a uno, no funcionar; las economías más estables y poderosas del orbe se vienen a pique; aparecen mesías desechables, -de a compre dos y llévese tres- todos los días; a la ciencia se le acaban los argumentos para explicar los eventos más simples de la naturaleza y estamos, segundo a segundo, contraponiendo los vaticinios del otrora infalible Nostradamus, aún vivos.
Esta era, a diferencia de otras, ha relajado, por un segundo, su almidonamiento asfixiante, su doble moral repugnante y su machismo galopante, porque teme y mucho, desmoronarse de una buena vez y caerse toda a pedazos; y en un sitio así, mujeres como yo (de las que hay y siempre hubo cientos de miles) tienen, finalmente, un lugar y un punto de partida.
No seremos más fenómenos de feria, ni las locas de la casa, y esta centuria, verá a tantas, como nunca antes, despuntar y destacarse; porque a lo largo y ancho del planeta, los tornillos de Frankenstein se caerán, uno a uno de nosotras; para dejar ver, que detrás de nuestra aterradora apariencia intimidante, solo hay y siempre hubo, mujeres que entendimos que las libertades no se dan, que se conquistan, y más ambiciosas que Carlo Magno y que Atila el Huno, fuimos contra todo y contra todos para ganar el territorio más extenso jamás imaginado, el más alto y el más acariciado; con una sola intención, ser dueñas y señoras de un solo privilegio y de una sola libertad: la de pensar.
¡Good bye pues, triste, desesperanzado y siempre incomprendido Frankie!
¡Saludos! Tres siglos después, con buena mar y viento a favor; añoradas, perseguidas y tantas veces engañadas: ¡Libertad, igualdad, fraternidad!
Hoy, viajamos juntas y por fin... la nave va.
Bibliografía
Shelley W. M. Frankenstein. México, D.F. Editorial Época, 2008
Op. Cit
¹ Montero R. Historia de Mujeres. Madrid: Punto de Lectura, 2006
² Montero R Op. Cit. p 51.
³ Montero R. Op. Cit. p 51
Musicografía
Estoy es lo que soy Jesse y Joy